Ángeles de Paz

Abogados Construyendo Paz con Justicia Social

Estos confían en sus carros de guerra, aquellos confían en sus corceles, pero nosotros confiamos en el nombre del señor nuestro Dios
Salmo 20:7

Usted está aquí

¿Por qué tras 7 décadas de guerra, algunos no quieren paz?

comparte ahora!
abogados reconciliación y perdón

Van 7 décadas de violencia continua, en la que el Estado ha tenido que enfrentar guerrillas, paramilitarismo y narcotráfico. Tratándose de un conflicto interno, los muertos los ha puesto el pueblo colombiano y, casi la totalidad han sido hijos de la clase social menos favorecida. Buena parte de la clase política, las clases altas y hasta los mismos líderes de los grupos armados, han tenido a sus hijos viviendo fuera del país y educándose en las mejores universidades del mundo.

El origen del actual conflicto se remonta a la denominada época de la violencia (1946- 1958), en la que se enfrentaron conservadores y liberales, y en medio de la cual tuvo lugar el Bogotazo (desencadenado por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948); pasa por el golpe de estado y la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla (junio de 1953 a mayo de 1957) y; por el Frente Nacional, donde esos dos partidos se rotaron el poder durante 4 gobiernos nacionales (1958-1974).

De las luchas políticas emergieron grupos guerrilleros de vertientes políticas liberales y comunistas, que fueron generando los antecedentes para la creación de las FARC en 1964. Luego vino el narcotráfico y la incursión de las fuerzas paramilitares, que completaron el cuadro generador del caos, la violencia y el terrorismo que ha venido bañando nuestras tierras con lágrimas y sangre.

Las consecuencias, el dolor, las heridas, el odio... y los intereses.

Un conflicto tan largo, lógicamente ha dejado grandes desastres, innumerables derramamientos de sangre, desplazamientos, secuestros, desapariciones, desposesiones, violaciones sexuales, injusticia y miseria de toda clase y en todo sentido. Siete décadas de guerra, son pues, siete décadas de dolor, odio, deseos de venganza y cuanto sentimiento negativo puede albergar el corazón humano.

Entonces suena lógico que quienes han sido medianamente tocados por la guerra (difícilmente se puede decir que alguien se haya librado totalmente de sus efectos), anhelen indiscutiblemente un proceso de paz concertada. Pero también es lógico, desde la naturaleza humana, que algunos de quienes han sufrido el mayor estrago de la violencia, quieran la continuidad del conflicto hasta alcanzar venganza, o cuando menos una paz que no conlleve impunidad en ningún nivel o al mínimo nivel.

A lo anterior infortunadamente se suma el interés político y económico que hay siempre detrás de la guerra. El comercio de armas, municiones, equipamiento propio del conflicto, etc., mueve miles de millones y engorda muchos bolsillos. Asimismo, detrás de todo este conflicto, existen otros intereses comerciales como el tráfico de drogas, donde también son grandes los rendimientos económicos. Estos intereses hayan representación en el dolor del pueblo, cuyas emociones son manipuladas para buscar la continuidad de la guerra, bajo discursos de todo tipo.

Tristemente la existencia misma del proceso de negociación de la paz (más realista sería llamarlo cese del conflicto armado), que ha llegado a punto de acuerdo, se ha convertido en un nuevo proceso de confrontación entre representantes políticos y entre ciudadanos; sobreviniendo en un nuevo nivel del conflicto. Lo mismo debe estar ocurriendo entre los niveles de las FARC, donde seguramente fueron muchos los que se opusieron a los diálogos y ahora a los acuerdos, pues por las mismas o distintas razones, deben haber individuos y grupos clamando por la continuidad del conflicto. Algunos de ellos seguramente no se desmovilizarán y conformarán grupos de delincuencia común o nuevas células de conflicto.

Desde la perspectiva política, cuando se ha identificado que hay una población grande, con intereses comunes (aunque tengan diferente motivación), siempre resulta rentable tomar la bandera de su defensa; por convicción o por conveniencia. Así, oponerse a la paz o defender la continuidad de la guerra, tiene muchos adeptos y puede dar votos para curules en el congreso o para obtener la Presidencia del Estado.

Para muchas personas que aprecian desde el exterior este proceso que hoy vive Colombia, resultará absurdo que un país que ha vivido los estragos de la guerra por más de 7 décadas (5 de conflicto con las FARC), hoy esté dividido entre quines votan por el cese del conflicto y quienes votan por su continuidad.

¿Será que habiendo nacido en una Colombia en guerra, sin conocer un estado de paz, nos hemos acostumbrado a las masacres como algo normal, con lo que podemos seguir conviviendo? Solo quienes nacieron varios años antes de la época de la violencia (1946) pudieron conocer una Colombia sin conflicto armado. ¡Valdría la pena escuchar qué opinan al respecto los Colombianos con más de 80 años de edad!

¿Será que después de tantos años de guerra, nos volvimos insensibles al dolor o tal vez incapaces de perdonar? ¿Será que nunca hemos necesitado un verdadero perdón, que no estamos dispuestos a darlo?

Guerra y más destrucción o paz y reconciliación.

Ahora, si bien son legítimos los sentimientos (o intereses) de quienes se oponen a la paz ¿será válido que predominen sobre quienes la defienden? ¡Yo considero que no! Jesús “Dijo: -¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos” Lucas 19:42.

Rechazar los acuerdos de la Habana para la paz en Colombia, implicará darle continuidad a más décadas de conflicto, donde los hijos del pueblo seguirán entregando sus vidas por un odio, que bien puede transformarse en perdón y reconciliación, lo cual traería incontables bendiciones: pero esto está oculto a los ojos de quienes hoy quieren la continuidad de la guerra.

Así que “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” Mateo 5:9, porque no están ciegos, sino que han podido ver lo que puede traer la paz a sus vidas y a Colombia.

Los invito a que YA midamos como suficiente la sangre que se ha regado en nuestro suelo y procuremos vivir todos en paz, en cuento nos sea posible. Confiemos en que, tanto la venganza (Romanos 12:19, Hebreos 10:30, Deuteronomio 32:35) como la justicia están en manos de Dios. Pues Él mismo nos ha mandado: “Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará. Hará que tu justicia resplandezca como el alba; tu justa causa, como el sol de mediodía” Salmo 37:5-6.

Si pensamos que toda afrenta requiere de una acción de nuestra parte para retribuir el dolor o hacer pagar el daño, nuestros años de guerra no tendrán fin y estaremos condenados a ser un pueblo en constante conflicto: entre hermanos nos extinguiremos. Si continuamos viviendo con odio y deseos de venganza, tales sentimientos se convertirán en el veneno de un suicidio colectivo, que poco a poco irá extinguiendo la vida de nuestra sociedad.

¿Quiénes son aquellos a quienes se está odiando?

Ni los hijos de la guerrilla ni los hijos del ejército, son hijos de la guerra; todos son hijos de nuestras madres. Muchos han sido hermanos, arrancados de la misma casa, para enfrentarse desde diferentes bandos, por causas que no eligieron. Muchos salieron del seno de sus madres, siendo aún infantes, para luego ser convertidos en combatientes en cuyos corazones fue naciendo el mal sentimiento, por los estragos propios de la guerra. Los combatientes mismos, en la mayoría de los casos, han sido víctimas de las circunstancias sociales y/o bélicas de este país, en el que nacieron cuando ya estábamos en guerra. Muchos de ellos han querido huir del conflicto, pero no les ha sido posible.

¿Cuántas madres han recibido la noticia de que en una redada del ejército se llevaron a su hijo a prestar servicio militar, sin preguntarle a ella ni a su retoño? ¿Cuántas de estas madres, a los pocos meses los han recibido de regreso en una bolsa? ¿Cuántas madres han visto que a la finca llegan hombres armados a retener a sus hijos para montarles un fusil, meterlos en el monte y movilizarlos entre las montañas? Se trata de secuestrados de la guerra, que jamás fueron contados en tales estadísticas y a quienes al cumplir la mayoría de edad, se les llamó terroristas como a los demás. ¡Muchos de estos son los que hoy llamaremos desmovilizados!

¿Cuántas de estas madres, nunca más han vuelto a saber de sus hijos o han terminado con la noticia de que en algún lugar de la geografía colombiana, su hijo cayó en medio de la guerra, y fue sepultado en algún lugar de la selva, de donde ella no tendrá noticia?

La mayoría se han movido en el bando al que lo llevaron las circunstancias de conflicto de nuestro país. Tú mismo, tal vez serías un guerrillero, si a tus 12 años te hubieran arrebatado de tu casa para montarte un fusil más grande que tú, rumbo al monte; en lugar de la maleta que seguramente a esa edad cargabas al colegio; los que eso vivieron, hoy no piensan como tú.

Yo mismo, en mi niñez ví como mi mamá y mi papá salían de en medio de un conflicto armado (la llamada guerra verde de la zona esmeraldera), dejándome en la finca de mis abuelos maternos, de donde meses después un tio me sacó para reunirme con mis padres y mis 4 hermanos. Años después volví a ver cómo mi padre salía del llano, dejando sus tierras abandonadas, porque noche tras noche eran bombardeadas por el ejército, que buscaba cazar a guerrilleros que no se sabía dónde andaban: mi corazón no guarda rencores.

Las promesas de la paz.

Si sabemos perdonar, encontraremos primeramente la paz en nuestros corazones y, después, la paz en nuestro pueblo. Entonces, “El amor y la verdad se encontrarán; se besarán la paz y la justicia. De la tierra brotará la verdad, y desde el cielo se asomará la justicia” Salmo 85:10-11; de manera que nada quedará oculto y cada uno podrá vivir como merece.

De otra parte, con la paz, los inmensos recursos de la guerra serán invertidos en proyectos sociales que harán que abunden las bendiciones en nuestro país. El dinero de las balas, para becas; el dinero de las armas, para vivienda; el dinero de la naves, para infraestructura; el dinero de la estrategia militar, para empleo… El dinero de la guerra, para consolidad la paz y la justicia social.

Que nadie siga enceguecido, negándose a hallar la paz, pues la oportunidad es ahora y el lugar es aquí, o con qué cara le dirás a tus hijos ¡que nacieron en guerra y no han conocido la paz! que elegiste heredarles un país en conflicto, habiendo podido elegir para ellos un futuro mejor.

Que el príncipe de paz (Jesucristo) guíe nuestros corazones.